Enofilia

Las recientes fiestas decembrinas, como casi todo durante 2020, nos plantearon situaciones muy diferentes a otros años.

 

Las reuniones, por lo general, fueron de pocas personas, incluso telemáticas, lo que generó, quizás, sentimientos de nostalgia o de resignación, pero, por lo que concierne a los vinos que tradicionalmente se sirven en estas ocasiones, la circunstancia abrió una ventana para sacar botellas que quizás no resultarían ideales en veladas con un mayor

Como hemos conversado en el pasado, descorchar una etiqueta especial es un acontecimiento en sí mismo. Las grandes ocasiones suelen estorbar a la atención necesaria (a veces incluso ensimismamiento) y luego el comentario ante una gran botella. Es verdad que el vino es para compartir, <sólo> para compartir (a diferencia de los destilados, los cuales pueden disfrutarse en la soledad de una barra, en donde invitan a la reflexión, como bien decía Luis Buñuel), pero el costo, a veces; el formato genérico de tres cuartos de litro y la conversación elusiva, que puede tomar cualquier camino, limitan la experiencia de beber una copa que tiene mucho que contarnos y nosotros
Dentro de este escenario apareció hace un par de semanas una botella de vino blanco que jamás voy a olvidar. Un amigo muy querido tuvo la enorme generosidad de obsequiarme un chardonnay de Sonoma para probar junto a uno de la Borgoña. Este Aubert Lauren Vineyard del 2012 resultó ser uno de los vinos blancos más emocionantes que en mi vida he tenido la oportunidad de disfrutar. Más allá de la aclamación crítica (98-100 puntos Parker) y de que la bodega se ha convertido en una de culto, lo que este chardonnay me hizo sentir no tiene parangón con ninguna otra vivencia enológica que recuerde.

Mark Aubert es un wine maker que trabajó en otros tiempos con sir Peter Michael, una de las leyendas del vino californiano, luego en bodegas tan afamadas como Colgin y Futo; este brillante alumno de Helen Turley ha dedicado su vida como vitivinicultor a crear pinots y chardonnays que rivalizan con lo mejor de la Borgoña. Vinifica y embotella 9 chards que corresponden a los viñedos que ha ido controlando, todos single vineyards y con selección clonal, usando entre 70 y 100% de barrica francesa para todos ellos, lo cual resulta en blancos con mucho cuerpo y alcohol alto. Ninguno de estos elementos da como resultado vinos pesados, planos (falta de acidez), ni con rastros de calor alcohólico: lo que Aubert logra es un verdadero milagro.mucho que decir sobre ella.número de asistentes.Aunque he tenido la oportunidad de probar otros chardonnays y pinots de Aubert, en particular esta botella fue algo muy, muy especial. En un momento grandioso dentro de su ventana de consumo, a 8 años de aquella magnífica cosecha, me voló la tapa de los sesos desde el momento en que lo decantamos. Una hora después, el vino era una sinfonía sinestésica de aromas, sabores y emociones difícil de traducir en palabras.

En un principio, el vino mostró en nariz su frutalidad inagotable: cítricos confitados, frutas tropicales frescas, cáscara de manzana roja, incluso algo de durazno en conserva, todo esto pleno de pureza, sin rastro alguno de olores artificiales o de sucedáneos. A lo frutal, que nunca desapareció, se fueron sumando notas sutiles de butterscotch, miel y especias dulces. Luego apareció lo floral, un racimo de flores blancas y algo de azahar, pero tan genuino, que se podía percibir también el aroma de las hojas y el tallo, algo que no recuerdo en ningún otro chardonnay. Estas capas y capas de aromas diáfanos y profundos, con algo nuevo cada vez que llevaba la copa a la nariz, iban acompañadas de sabores igualmente deliciosos, una estructura perfectamente esférica, un balance, un equilibrio maravillosos y un final laaargo y armónico.

Pero más allá de la nota de cata, de estas sensaciones, lo que esta obra de arte me produjo fue un verdadero enamoramiento. Todas la mariposas en el estómago, el estado de gracia y emoción ante el objeto de nuestro afecto, todos los supiros y los latidos que surgen con el entusiasmo amoroso, incluso la tensión de la seducción, el arrobamiento, la ternura y el idilio, me atrevo a escribirlo: bordeando el erotismo… era un vino que más que un sorbo, me provocaba un beso. Aún no me recupero.
FUENTE Enofilia
Por: Alfredo Oria / PULSO

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